Titila, un breve resplandor anaranjado, un leve sonido de combustión apenas perceptible; desprendiendo una delicada voluta de humo, danzando y arremolinándose hasta desaparecer. Eso es lo que ve Lorenzo mientras desobedece el cartel de prohibido fumar.
Balanceándose sobre dos dedos, el cigarrillo; lo acerca nuevamente a sus labios, pita suavemente y otra vez el resplandor. Mira maravillado el pequeño incendio controlado, levanta la vista y se encuentra con unos ojos pardos. Al principio solo ve eso, ojos que le sostienen la mirada, casi desafiante. Poco a poco sus ojos comienzan a componer a ese ser que lo mira; sus parpados, sus cejas, su nariz, sus pómulos, su boca, sus labios, su piel, su pelo, su cuello. Una linda mujer es la que lo mira con aires de reprobación, obviamente por fumar en el vagón.
_”No te enojes che, ya lo apago” le dice Lorenzo mientras abre la ventanilla. Tira el pucho y se toma un segundo viendo el resplandor desaparecer entre los rieles.
Ella le devuelve la sonrisa, respira profundo, se dispone a decir algo y…
Todo el barrio despierta asustado, el estruendo fue ensordecedor. Llegan los policías, las ambulancias, los bomberos, los rescatistas y los corresponsales de noticias.
Encuentran los que antes era un tren, ahora hierro, metal, plástico y carne fundidos, estrujados. Los vagones ardiendo, relanzan al cielo volutas de humo que danzan con el viento hasta desaparecer.
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