jueves, 31 de enero de 2013




Te parece que podrías pasarte la vida frente a un árbol, sin agotarlo, sin comprenderlo, solamente mirando: lo único que puedes decir de este árbol, después de todo, es que es un árbol; lo único que este árbol te puede decir es que es un árbol, raíz, tronco, ramas y hojas. No puedes esperar de él ninguna otra verdad. El árbol no tiene una moral que proponerte, no tiene un mensaje que transmitirte. Su fuerza, su majestuosidad, su vida -si acaso esperas aún sacar algún sentido, algún coraje, de estas antiguas metáforas- no son más que imágenes, buenas vistas, tan vanos como la paz de los campos, como la perfidia del agua estancada, o el valor de los pequeños senderos que trepan, no muy alto pero ellos solos, o la sonrisa de los viñedos donde los racimos de uvas maduran al sol.
Por eso el árbol te fascina, o te sorprende, o te tranquiliza, a causa de esa evidencia insospechada, insospechable, de la corteza y las ramas, de las hojas. Por eso, quizá, jamás paseas con un perro, porque el perro te mira, te suplica, te habla. Sus ojos húmedos de agradecimiento, su aire de perro apaleado, sus brincos de perro feliz, te obligan constantemente a conferirle el despreciable rango de animal doméstico. No puedes permanecer neutro frente a un perro, tampoco frente a un hombre. Pero no dialogarás jamás con un árbol. No puedes vivir con un perro, porque el perro, a cada instante, te pedirá que lo hagas vivir, que lo alimentes, que lo acaricies, que seas hombre para él, que seas su dueño, que seas el dios que clama con voz de trueno ese nombre de perro que lo hará arrastrarse inmediatamente por el suelo. Pero el árbol no te pide nada. Puedes ser Dios de los perros, Dios de los gatos, Dios de los pobres, te basta con una correa, con algunos despojos, con algo de riqueza, pero no serás nunca dueño del árbol. Nunca podrás sino desear volverte árbol a tu vez.


                                                                                            Georges Perec.

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