Hacía dos horas que estaba sentado en la cama alterado, no pudo volver a dormirse después de levantarse a buscar un vaso con agua. En el trayecto de la habitación a la cocina miró con atención los colores y formas que de entre las sombras se dejaban ver, lo irritaban incluso de noche.
Sentía que había perdido su lugar, cruzar la puerta de entrada del departamento era ingresar a un mundo ajeno, impregnado con matices, formas y fragancias extrañas. Ya no quedaba nada de el en ese lugar.
Pensaba y recordaba, miraba a su compañera dormir a su lado, sentía su tibieza, contemplaba con mucha atención los momentos en que las sábanas subían y bajaban con cada inspiración y espiración. Ella todavía tenía el pelo algo húmedo, solía bañarse antes de dormir y el gustaba de sentir el aroma del shampoo en la almohada. Pero hacía varios meses que ya no disfrutaba de su presencia como antes.
Se conocieron hace mucho tiempo, el tenia dieciséis años y ella catorce la primera vez que se vieron, tenían un amigo en común y solían cruzarse en algunas salidas y cumpleaños, pero fue en el aniversario número veintiuno de su amigo que se encontraron. En la fiesta cruzaron varias miradas, se gustaron, un impulso los llevó a hablarse y el gusto fue mayor, ese acercamiento derivó en encuentros cada vez más cálidos. Así un mes después ya eran novios.
Al tercer año de noviazgo decidieron ir a vivir juntos, el vivía en un pequeño departamento que había heredado de su abuela, en el mismo ambiente estaba su habitación, su living, su cocina, su oficina y separado un baño aún mas pequeño, donde apenas se podía estar cómodo. Lo vendió, con el dinero de la venta y otro que tenía ahorrado compró un departamento más grande y confortable.
Los primeros tiempos de convivencia fueron muy felices, pasaban largas horas hablando sobre como disponer los muebles, de que color debían pintar las paredes, que tipos de lámparas usar, de si los almohadones combinaban con el futón… en fin, los dos gustaban de lo rústico, así que poco a poco los ambientes fueron tomando tonos añejos y cálidos, todo encajó según sus deseos. Se sentían a gusto de volver y encontrarse después de cumplir con su rutina.
El trabajaba como curador de arte, tenía una modesta galería en el centro y no le iba mal. Ella aún se debatía en terminar su carrera en lenguas modernas, solo le faltaban un par de materias para recibirse pero se sentía cansada, mientras tanto trabajaba dando clases de apoyo en ingles. Por esa falta de decisión fue que comenzó a ir al psicólogo, este le recomendó que probara con otras disciplinas para poder reflotar sus deseos. Fue así como empezó con unos cursos de expresión corporal y de Clown, a este siguió con talleres de canto y poesía. Hasta ese entonces el gustaba mucho de sus ocupaciones.
Pero con el tiempo otras actividades y la influencia de nuevas amistades fueron alterando poco a poco su personalidad, su forma de vestir, de hablar y de pensar cambiaron drásticamente.
Se levantó de la cama, sentía que en su interior se debatía la angustia y la euforia, estaba ahogado, cruzó el living y salio al balcón. Era invierno, se distrajo viendo la luz de uno de los faroles de la calle, pudo notar a contraluz como caía el rocío y como el viento lo llevaba a dibujar fantásticas formas al azar.
El azar…se quedo pensando en eso, dio media vuelta, dio un vistazo al living, vio que donde estaban sus copias de Dalí y Magritte ahora había un gran cuadro del rostro de buda y unas caretas indígenas , vio que su futón beige tenía una nueva funda de colores horriblemente chillones, del techo colgaban llamadores de angeles y atrapasueños.
Recordó una discusión que habían tenido unos días atrás, el le decía que le parecía contradictorio que nunca fuera practicante de ninguna religión, que se hubiese declarado abiertamente atea y que ahora sus días dependiesen del oráculo del calendario maya. Su hartazgo se transformo en decisión.
Era jueves, ella volvió mas temprano de lo habitual, le pareció raro que la puerta estuviera cerrada a tres llaves, solo la trababan así cuando salían de viaje. Entró, estaba todo muy oscuro, sus primeros pasos hicieron eco en todo el departamento. Llegó hasta el interruptor de la luz extrañada, su confusión fue mayor cuando la claridad le devolvió una imagen de desolación.
Faltaban muebles, cortinas, cuadros, encontró cajas en las que vio que estaban sus cosas. Corrió hacia la habitación y el panorama no fue mejor, no estaba la cama. Abrió el placard y solo quedaba su ropa, cayó de rodillas llorando, no entendía nada. Entre sollozos volvió al living, en la mesa halló dos sobres, abrió el primero, en el se detallaba la venta del departamento y que le quedaban tres días para abandonarlo. Angustiada abrió el segundo sobre, sacó una hoja doblada en cuatro, la desplegó, ocupaba todo el ancho de la mesa, estalló en llanto al ver que en ella había dibujado un mandala. Hurgó nuevamente en el sobre tratando de encontrar respuestas, solo había una pequeña tira de papel y una palabra. “Namasté”.
namasté, andrés*
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